Templos, jardines y geishas en la antigua capital de Japón


Kioto fue capital de Japón durante once siglos, en la época en que el mikado —antiguo término utilizado para referirse al emperador— perdió todo el poder en favor de los shogunes, dictadores militares que gobernaron el país por medio de un sistema feudal. El carácter de la capital fue teocrático, se levantaron magníficos templos —se conservan centenares— y los japoneses la conocieron con el sobrenombre de “La Santa”.  

 

En contraste con Tokio, la ciudad de Kioto escogió crecer horizontalmente y hay muy pocos edificios altos. La ciudad es bastante plana y la mayoría de las distancias son asumibles a pie. Este es nuestro itinerario por la ciudad, con La vuelta al mundo de un novelista de Blasco Ibáñez en la maleta, de cuyo paso por Japón se acaba de cumplir un siglo. Han cambiado muchas cosas desde su viaje entre los años 1923 y 1924, cuando Japón hacía apenas medio siglo que había salido de su particular Edad Media. Entre las descripciones que hizo de Kioto encontramos detalles muy acertados y cosas que han cambiado radicalmente: Blasco Ibáñez dijo que en Kioto apenas se veían extranjeros, pero actualmente es una de las visitas imprescindibles en cualquier itinerario por el país nipón.  

 

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Ginkakuji

Foto: Rafa Pérez

de templo en templo

No sabemos si por cansancio o por convicción, el novelista dijo de los templos y santuarios de Kioto que «solo con esfuerzo de la imaginación pueden encontrarse interesantes estos monumentos imperiales, que parecen por su forma exterior unas lujosas y enormes caballerizas de Inglaterra». La verdad es que hay tantos y tan hermosos que se hace difícil escoger por dónde empezar.  Una buena idea es seguir la lista del Patrimonio de la Humanidad. Los más destacados y concurridos son los de Kinkakuji y Ginkakuji, pabellones de Oro y Plata respectivamente, ambos con hermosos jardines; Kiyomizudera, impresionante durante la floración de los cerezos o con el esplendor del otoño; los templos Toji y Nishi-Honganji;los santuarios Kamigamo y Shimogamo y el conjunto de templos budistas de Enryakuji.

 

Alguno de los templos todavía conserva algún rincón con suelos de ruiseñor, de madera, llamados así porque denunciaban las pisadas, por leves que fueran, de los visitantes. Como curiosidad, cabe decir que a Kiyomizudera también van las jóvenes casaderas para ver qué tal les irá la cosa: caminan a ciegas hasta una piedra, leen papelitos con la fortuna escrita o hacen ofrendas con mensajes, siendo la más cara la que promete «atar fuertemente a tu amor». 

 

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Ryoanji

Foto: Rafa Pérez

Jardín zen 

En la lista de la Unesco también encontramos otro curioso templo, Ryoanji (templo del Dragón Pacífico), donde lo más destacado es su karesansui, un jardín seco o zen que cuidan pacientemente a diario. A mediados del siglo XV, esta residencia cambió de propiedad y se convirtió en un templo budista de la secta Rinzai. Fue destruido por un incendio en 1797 y dicen que ya nunca volvió a tener el esplendor del pasado. Aun así, entrar en el salón Hojo, la antigua residencia del monje, es hacerlo en un remanso de paz dibujado con gravilla, rocas y musgo. Las ondas rastrilladas alrededor de las rocas representan las olas del mar. Simplicidad, simetría, la belleza de la vacuidad. La mayor curiosidad del jardín es que no se pueden ver todas las rocas a la vez, por lo que es el mapa mental que cada uno haga el que le acabará dando forma.  

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Torii de Heian

Foto: Rafa Pérez

Un solo torii gigante 

Sin estar en la lista Unesco, merece mucho la pena pasarse por el templo Sanjūsangen-dō para ver sus 1.001 estatuas de la diosa Kannon y por los santuarios Yasaka y Heian, este último precedido de un enorme torii, el arco que hay a la entrada de los santuarios sintoístas. Cuando el emperador perdió su papel divino estas puertas se convirtieron en poco más que arqueología, pero la gente todavía pasa bajo ellas con enorme respeto por marcar la transición entre lo mundano y lo sagrado. El torii de Heian es uno de los más grandes de Japón.  

 

Fushimo Inari Taisha

Foto: Rafa Pérez

Miles de torii 

Al sur de la ciudad encontramos el Fushimi Inari Taisha con su sendero de puertas torii de color anaranjado, más de 10.000 que han sido ofrendadas para pedir o agradecer favores, principalmente vinculados a los negocios: el templo está dedicado a Inari, deidad del arroz y de los comerciantes que suele ser representada por la figura de un zorro. Conviene acudir muy temprano, al amanecer, ya que a partir de las nueve de la mañana el lugar se masifica y el paseo entre los arcos pierde mucho encanto. Además, madrugar para visitar este santuario puede tener la recompensa de ver a algún kannushi (sacerdote sintoísta) celebrando sus ceremonias. 

Sannenzeka

Foto: Rafa Pérez

calles De compras 

Sannenzaka y Ninenzaka son dos estrechas calles peatonales cercanas al templo Kiyomizudera. Aunque el exceso de tiendas le ha dado un aspecto de cartón-piedra, es el lugar donde se pueden observar más detalles de la arquitectura tradicional que un día ocupó todas las calles de Kioto. De las tiendas de Extremo Oriente, Blasco Ibáñez dijo que no se sabía nunca dónde terminaba lo religioso y empezaba lo caricaturesco, quién es Dios y quién simple monigote para hacer reír a las gentes. Aun así, en esta zona es posible encontrar, entre recuerdos totalmente prescindibles, hermosas artesanías y tiernos peluches, como buenas teteras y auténticos peluches de Totoro en la tienda oficial del estudio Ghibli.  

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Arashiyama

Foto: Rafa Pérez

la sorpresa: un Bosque de bambú 

El bosque de bambú de Arashiyama es otro circo a las horas de máxima afluencia, con decenas de tiendas abiertas, turistas en kimono buscando un metro de bambú libre para hacerse la foto y persistentes conductores de rickshaw en busca de clientes. Así que el consejo vuelve a ser el mismo: madruga o bien quédate hasta última hora para poder disfrutar del lugar. El tramo más interesante de Arashiyama, donde hay mayor densidad de bambú, es un camino de apenas un centenar de metros en el que la parte tupida ocupa la primera fila. Los días con algo de viento o cuando la lluvia golpea las largas varas de bambú, el paseo puede llegar a ser una canción. 

 

Mercado de Nishiki

Foto: Rafa Pérez

Gastronomía tradicional

Para la hora de comer volvemos a Blasco Ibáñez: «Por amor a lo pintoresco y lo exótico, no diré la mentira enorme de que me parece agradable la cocina japonesa». ¿En serio? Lo que le pasó al escritor es que le supuso un suplicio la manera de sentarse, con las piernas cruzadas o sentado sobre ellas, se encontró realmente incómodo en la mesa baja tradicional. Llega a comparar la comida, variada y repartida en pequeños platillos, con un banquete de muñecas. Casi seguro que esa incomodidad le impidió apreciar en su justa medida la alta calidad de la gastronomía japonesa.

 

En el mercado de Nishiki podemos empezar a hacernos una idea de la variedad y la vistosidad de algunos alimentos, especialmente de los coloridos encurtidos dispuestos sobre barriles de madera. Obviamente, también hay una buena muestra de variedades de arroz. Educan a los niños para que a la hora de comer se acaben todo el arroz por el esfuerzo que para el agricultor supone cultivarlo. Si dejan un solo grano se quedarán ciegos, les dicen. 

 

Kioto es un buen sitio donde probar la cocina japonesa más refinada, llamada kaiseki. Se elabora con producto de temporada, cocinada con las técnicas más adecuadas y, en ocasiones, se acompaña con algún elemento de la naturaleza, como algún tipo de hoja. 

 

Luego están las pequeñas izakayas, las tabernas tradicionales japonesas. En algunas de ellas podemos probar el funazushi, la manera más antigua de preparar lo que hoy conocemos como sushi, originaria de la prefectura de Shiga. Puede estar en fermentación hasta diez o quince años, el sabor es muy intenso, sientes una explosión en la boca. El sushi, dicen en la ciudad, es para gente con prisas, para los de Tokio que miran al mar. Kioto no mira al mar, se toma todo con más calma, por eso podemos fermentar el sushi.  

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Geisha

Foto: Rafa Pérez

No caminan, sino flotan 

No podían faltar las geishas en el libro de Blasco Ibáñez. Habla de mujeres de tristeza dulce, sonrisa consoladora, estímulo perfumado. «Obedecen a una necesidad espiritual y estética del país, en definitiva, son una obra perfecta». De sus manos dice que son poemas vivos, ondulaciones vegetales, sabiduría. La palabra geisha está compuesta de dos ideogramas, gei que significa arte, cultura, habilidad; y sha que significa persona.

 

En Kioto son conocidas como geikos y se las puede ver, principalmente, en la zona de Gion y en Pontocho. Viven en la okiya y sirven en la ochaya (casa de té), generalmente construcciones tipo machiya, la casa tradicional de madera más representativa de Kioto. Las aprendices reciben el nombre de maiko. Cuando las ves caminando por la calle, parece que vayan flotando a dos centímetros del suelo. Si nos cruzamos con alguna de ellas debemos mostrar un absoluto respeto y evitar perseguirlas para fotografiarlas, cosa que hay que hacer únicamente con su permiso explícito.  



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